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¿Cómo empezó el muralismo mexicano?

Texto: Héctor Vargas.

“Voz contra Muro”; este sugerente nombre nos remite a una confrontación, acaso no tan absurda como la Revolución Mexicana, un evento histórico capital en nuestro país y del cual podemos extraer muy pocas cosas positivas; una de ellas es El Muralismo, que da pie a este empeño sonoro y performático tan peculiar.

Todos hemos oído de este concepto, de una forma u otra, todos tenemos una idea más o menos clara de lo que es un mural (Siqueiros por ejemplo, lo tenía súper claro; hasta escribió un libro: “Cómo se pinta un Mural”). Para poder alcanzar un entendimiento cabal de este proyecto me parece muy importante que se defina qué es un mural y al mismo tiempo, ubicarnos en su contexto histórico para poder aterrizar en el  presente, prestando nuestros ojos, nuestros oídos o nuestra voz.

Hace casi cien años, 1921, las postrimerías de la malhadada Revolución Mexicana (la “gesta” que fue carnicería, la “transformación” que fue estancamiento, un proyecto inconcluso, como su “monumento”), el visionario oaxaqueño (no falta quien lo tilda de fascista) José Vasconcelos, flamante y ambicioso secretario de educación pública (de eso se trata el Muralismo, de educar al pueblo) convoca a un escandaloso pintor guanajuatense avecindado en París para que regrese a su patria y lo ayude a diseñar y construir una estrategia visual mediante la cual se pudiera comprender La Revolución en términos heroicos. Este pintor era Diego Rivera.

Diego Rivera y el genial francés Jean Charlot empezaron a crear el gran mito del arte mexicano con la clara y manifiesta intención de la proyección internacional, de crear identidad; crearon la leyenda de Posada (muerto en 1913), descubrieron la grandeza del arte popular, reivindicaron el origen prehispánico y pusieron énfasis en la inocencia de la niñez mexicana (la que recién había perdido padres y hermanos ya porque se los llevó la bola o ya porque se los llevó la chingada). Vasconcelos aglutina en torno suyo a un grupo de artistas comprometidos sinceramente con su pueblo y con su tiempo; muchos de los cuales vemos aún en las paredes de los edificios oficiales: Rivera y Charlot, por supuesto, de Jalisco el manco Clemente Orozco, el coronelazo Alfaro Siqueiros, Ramón Alva de la Canal el treintatrentista, de familia de genios Fermín Revueltas, etcétera… Ellos pintaron, pintaron motivos educativos, para conectar con un pueblo cansado pero optimista, pintaron alegorías, imágenes religiosas, pintaron a los próceres y a los trabajadores, el obrero, el campesino, pintaron la gesta revolucionaria toda, muerte y masacre pero también esperanza. Los muros se fueron poblando de imágenes sólidas, implacables, bellas, agresivas, obras de arte de primer orden que lograron meterse a la historia por sus propios méritos, sin embargo creo que la misión no se cumplió; el deseo y la voluntad de aprender no son más fuertes que el deseo y la voluntad de comer, el pueblo tenía (¿?) hambre.

¿Fue un empeño banal el muralismo? para nada. Su importancia radica precisamente en su contexto y en la calidad de sus artistas; El Muralismo con mayúsculas, se terminó a finales de los años 30 pero dejó una estela que perduró por generaciones.

Me interesa anotar y decir que no cualquier pintura hecha en una pared es un mural, para que un mural se pueda preciar de serlo debe tener un contenido histórico, político, educativo, incluso anecdótico; una fuerte carga simbólica o una intención clara y manifiesta de revelar.

Y ¿qué es “Voz contra Muro” sino una intención de revelar? una confrontación de dos manifestaciones potentes, igual que fue la Revolución, igual que es el arte porque.

¿Qué es  el arte si no una confrontación?

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